Selección: Española
y no latina
Los latinoamericanos
no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos
de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser. ¿En
qué consiste, exactamente, ese ser
latinoamericano que compartimos desde el Río Bravo hasta la Patagonia?
Una respuesta posible consiste en decir, que no hay una América Latina,
sino veinte (título del libro bastante conocido de Marcel Niedergang)
e inclusive echar en el saco a Brasil (y hasta a Haití). Pero
todo hispanoamericano
sabe, al encontrarse con un brasilero, que está
frente a él, no junto a él, que uno y
otro miran el mundo desde perspectivas diferentes y eventualmente conflictivas.
En cambio, los diez mil kilómetros
que separan el norte de México del sur de Chile y Argentina son una
distancia geográfica, pero no espiritual.
Hay desde luego en Hispanoamérica
grupos humanos marginales que habitan uno u otro de estos países sin
participar en la cultura hispánica dominante. El hecho de que
esos grupos sean residuos de los habitantes precolombinos, de los “dueños
legítimos” del territorio, que hayan sido sus antepasados (y ellos
mismos sigan siendo) víctimas de una conquista y una dominación
para ellos extranjero; y el hecho adicional de que la sangre de estos esclavos corra, mezclada, por
las venas de una enorme proporción de hispanoamericanos, son factores que tiendan a confundir la conciencia del
continente, inyectándole elementos de indefinición, mitología,
racismo, complejos de culpa y de inferioridad, etc.
Pero simplificando, por el momento, uno
de los debates más angustiosos y fundamentales entre los muchos que
han torturado a la América Latina, diré que justamente es
la América Española la que desde la Conquista
hasta hoy se ha planteado como sujeto activo un problema en el cual
las culturas aborígenes y los seres humanos protagonistas de esas culturas han sido
objetos pasivos. Los llamados indios, por su presencia en América
en el momento del descubrimiento; por lo que de su cultura mal que bien
no pudo dejar de adherirse a las sociedades hispánicas forjadas en
la conquista, la colonización, y la evangelización; por la inmensa tragedia de
su derrota, masacre y esclavización; por su participación en el proceso de mestizaje,
y por su persistente presencia, han contribuido a formar una parte
muy importante de la conciencia (y también de la mala conciencia)
latinoamericana. Pero a pesar del indigenismo de moda, Argentina,
Bolivia, Cuba, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala,
Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú,
Puerto Rico, Santo Domingo, Uruguay y Venezuela suman una sola cultura,
la cultura hispanoamericana, implantada en 18 naciones independientes
y una nación sometida políticamente a los Estados Unidos.
Los españoles encontraron una variedad
de culturas y hasta civilizaciones aborígenes en esos territorios.
Luego, importaron negros africanos. Posteriormente inmigrantes de diversas
procedencias se integraron en proporciones variables a cada país
La hegemonía anglosajona, hemisférica y mundial, ha tenido
un impacto profundo, más pronunciado en algunos países, pero
general. Sin embargo, un poco sorpresivamente, si se quiere, pero en
forma palpable, la América Española existe y se puede discurrir
sobre ella sin necesidad de dividirla en veinte, o ni siquiera en tres o en
cinco.
En cambio sería claramente abusivo
generalizar sobre una “América Latina” donde el Brasil estaría
incluido como un componente más. Brasil es diferente a la América
Española por su origen lusitano y su lengua portuguesa, pero además
por el modo como fue conquistado y colonizado el territorio, y por haber
sido metrópoli del Imperio Portugués durante largos años,
tras los cuales, en lugar de sufrir una ruptura traumática con Lisboa,
logró
su independencia por un acto do gobierno, por un decreto, conservando
intactas las estructuras políticas y administrativas del Imperio.
En resumen, hay puntos
de contacto, semejanzas, parentescos entre Brasil y la América Española,
pero la suma de las diferencias es más importante que la de las semejanzas,
puesto que incluye además la espectacular consolidación del
Brasil en una sola nación gigantesca, fronteriza con todos los demás
países de América del Sur menos Ecuador y Chile; y esto en
contraste con la fragmentación de la América Española
en 19 pedazos.
De más está decir que esa
dimensión continental tiene en sí misma una importancia determinante,
y siendo sin duda consecuencia de antecedentes distintos, lleva en sí
la semilla de divergencias cada vez más pronunciadas, y hasta de
enfrentamientos. Al intentar comprender la América Latina,
no se puede ignorar Brasil (lo mismo que no se puede ignorar los EE.UU.);
pero para la América Española, Brasil aparece como un vecino
potencial o actualmente peligroso, potencial o actualmente amistoso, pero
en todo caso diferente, otro.
La América Española en cambio,
a pesar de su inmensidad geográfica y su aparente heterogeneidad,
es un conjunto identificable, con suficientes rasgos comunes como para que
sea útil generalizar sobre él, una subdivisión “clara
y distinta” del mundo en que vivimos.
Esa diferenciación de la América
Española procede, evidentemente, del sello que le dieron sus conquistadores,
colonizadores y evangelizadores. Se trata de uno de los prodigios más
asombrosos de la historia, pero está a la vista, irrefutable.
Hay controversia sobre el número exacto de los “Viajeros
de Indias”, pero en todo caso fueron apenas un puñado de hombres,
entre marinos, guerreros y frailes. Y esos pocos hombres, en menos
de sesenta años, antes de 1550, habían explorada el territorio,
habían vencido dos imperios, habían fundado casi todos los
sitios urbanos que hoy todavía existen (más otros que luego
desparecieron), habían propagado la fe católica y la lengua
y la cultura de Castilla en forma no sólo perdurable sino, para bien
o para mal, indeleble.
Española, pues,
y no “Latina” es la América cuyos mitos y realidades me propongo
exponer; pero el nombre “América Latina”, o “Latinoamérica”,
invención de franceses o de anglosajones, se ha impuesto de tal manera,
que renunciar a él, o insistir a cada paso en que al usarlo se excluye
metodológicamente al Brasil, sería una complicación
engorrosa y hasta pedante. Entienda, pues, el lector que a menos de
advertencia expresa en sentido contrario, la América Latina de este
libro es la América que habla español.
DEL FRACASO A LA MITOLOGIA COMPENSATORIA
Entre 1492
y 1975 han transcurrido casi quinientos años, medio milenio de historia.
Si nos proponemos calificar esos casi cinco
siglos de historia latinoamericana en la forma más sucinta, pasando
por encima de toda anécdota, de toda controversia, de toda distracción,
yendo al fondo de la cuestión antes de desmenuzarla, lo más
certero, veraz y general que se pueda decir sobre Latinoamérica es
que hasta hoy ha sido un fracaso.
Esta afirmación puede parecer escandalosa,
pero es una verdad que los latinoamericanos llevamos prendida en la conciencia,
que callamos usualmente por dolorosa, pero que traspasa y sale a la luz
cada vez que tenemos momentos de sinceridad. Es decir que somos los
mismos latinoamericanos quienes calificamos nuestra historia como una frustración.
El mayor héroe de América Latina, Bolívar, escribió
en 1830: “He mandado veinte años, y de ellos no he sacado más
que pocos resultados ciertos: 1. la América (Latina) es ingobernable para nosotros;
2. el que sirve una revolución ara en el mar; 3. la única
cosa que se puede hacer en América (Latina) es emigrar; 4. este país
(la Gran Colombia, luego fragmentada entre Colombia, Venezuela y Ecuador)
caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después
pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; 5.
devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad,
los europeos no se dignarán conquistarnos; 6. si fuera posible que
una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería
el último período de la América (Latina)”.
En esos seis puntos de Bolívar está
condensado en su forma extrema el pesimismo
latinoamericano, el extremo juicio adverso de
los latinoamericanos sobre nuestra propia sociedad. Pero vale la pena
subrayar que por lo menos algunas de las profecías desesperados de
Bolívar se cumplieron al pie de la letra, por lo cual no se las puede
atribuir únicamente al estado depresivo de un hombre envejecido,
decepcionado y amargado, sino que son apreciaciones en las cuales están
presentes toda la agudeza sociológica y toda la visión política
del Libertador.
Desde 1830 hasta hoy se acumulan otros datos
y otros puntos de referencia, adicionales a los disponibles para Bolívar
al formular su juicio sobre el futuro de Latinoamérica:
1. El éxito desmesurado de los EE.UU., en el mismo
“Nuevo Mundo”
y en el mismo tiempo histórico.
2. La incapacidad de la América Latina para la integración
de su población en nacionalidades razonablemente coherentes y cohesiva,
de donde esté, si no ausente, por lo menos mitigada la marginalidad
social y económica.
3. La impotencia de la América Latina para la acción
externa, bélica, económica, política, cultural, etc.;
y su correspondiente vulnerabilidad a acciones o influencias extranjeras
en cada una de esas áreas.
4. La notoria falta de estabilidad de las formas de gobierno
latinoamericanas, salvo las fundadas en el caudillismo y la represión.
5. La ausencia de contribuciones latinoamericanos notables
en las ciencias, las letras o las artes (por más que se pueden citar
excepciones, que no son sino eso).
6. El crecimiento demográfico desenfrenado, mayor que
el de cualquier otra área del planeta.
7. El no sentirse Latinoamérica indispensable, o ni
siquiera demasiado necesaria, de manera que en momentos de depresión (o de sinceridad) llegamos a creer que
si se llegara a hundir en el océano sin dejar rastro, el resto del
mundo no sería mas que marginalmente afectado.
Casi siglo y medio
después de Bolívar, uno de los primeros intelectuales hispanoamericanos
(Carlos Fuentes) podía
escribir: “Existe (para la América Latina) una perspectiva mucho
más grave: a medida que se agiganta el foso entre el desarrollo geométrico
del mundo tecnocrático y el desarrollo aritmético de nuestras
sociedades ancilares, Latinoamérica se convierte en un mundo prescindible
para el imperialismo. Tradicionalmente hemos sido países explotados.
Pronto ni esto seremos: no será necesario explotarnos, porque la
tecnológica habrá podido—en gran medida lo puede ya—sustituir
industrialmente nuestros ofrecimientos monoproductivos. ¿Seremos,
entonces, un vasto continente de mendigos? ¿Será la nuestra
una mano tendida en espera de los mendrugos de la caridad norteamericana,
europea y soviética? ¿Seremos la India del hemisferio
occidental? ¿Será nuestra economía una simple
ficción mantenida por pura filantropía?”.
Como el de Bolívar,
el pesimismo de Fuentes es insoportable para el amor propio latinoamericano.
El mismo Fuentes pasa de esas reflexiones pavorosas
al postulado de una acción revolucionaria, una ruptura indispensable
para rescatar o crear una identidad latinoamericana menos lamentable, un
proyecto modesto, pero propio y viable, que nos permita ser dentro del mundo,
si no indispensables o distinguidos, por lo menos independientes.
En todo caso, desde Bolívar hasta
Carlos Fuentes, todo latinoamericano profundo y sincero ha reconocido, al
menos por momentos, el fracaso—hasta ahora—de la América Latina.
Las colectividades humanas, enfrentadas
con la realización de que otros formulan proyectos envidiables y
los cumplen con éxito, pueden intentar la emulación, o bien
el rechazo de los valores implícitos en los proyectos y los éxitos
envidiados. También es posible (y este es el caso de América
Latina) intentar la emulación, y al no tener el éxito esperado,
refugiarse en la mitología como explicación para el fracaso
e invocación mágica de un desquite futuro.
Fuente:
Del buen salvaje al buen revolucionario por Carlos Rangel
Creado por Janelle Drumhiller y Jane Okpala
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